Oh my god, It’s bottom glups! – parte I

Al llevar  un tiempo escuchando, viendo, leyendo sobre el concepto bottom-up en ámbitos relacionados con nuestra profesión, monoD no ha podido resistirlo, y de verdad que no es por hacer el mal, pero es en esto del bottom up donde de nuevo encontramos viejos retos en nuevas palabras. Esta pequeña reflexión la dividiremos en dos partes sabiendo que puede ser de difícil digestión en estos tiempos que corren, de todas formas y por no ponernos tristes del todo, prometemos escribir sobre los nuevos proyectos que llevamos entre manos y que cambiaran el rumbo de los días…

Cuando se habla del concepto de bottom-up  en las disciplinas sociales, estamos hablando desde dos ámbitos diferenciados: la administración pública e implementación de políticas y la ciudadanía o sociedad civil y consecución de mejoras políticas. El primer ámbito hablaría de un enfoque para reconocer qué tipo de políticas públicas se llevan a cabo en una administración local, si las políticas públicas se van diseñando conforme el contexto social en el que se van a implementar  estaríamos señalando un enfoque bottom-up, o en caso contrario si son diseñadas en base a directrices generales y luego poco a poco se van adaptando al contexto social en el que se inscriben, hablaríamos de una perspectiva top-down.

El segundo ámbito, redefine el concepto de bottom-up como un proceso por el cual se diseña de manera ascendente un programa, proyecto o plan ciudadano…donde partiendo de la base social se va construyendo un proyecto conjunto, es por así decirlo una estrategia de trabajo donde se quiere conseguir una mejora o transformación en alguna política pública por medio de la base social, la ciudadanía.

Esta doble vertiente del concepto podría funcionar como un todo, por lo que cuando hablemos de implementación de políticas públicas nos fijaremos en si el enfoque es ascendente o descendente, y cuando queramos hablar de un proceso social bottom-up estaremos indicando que sigue una dinámica ascedente (de abajo a arriba). El artículo post acabaría aquí y tendríamos una definición más o menos clara de qué hablamos cuando hablamos de bottom-up, sino fuera porque conlleva muchas e insalvables contradicciones.

Una de ellas y relacionada con la ambivalencia que para nosotros tiene esto del Bottom-up, es la supuesta capacidad que tiene este concepto (una vez puesto en marcha) de diseñar estrategias de transformación social desde la base hacia arriba. Que van desde un barrio que tiene determinadas demandas hacia la administración local, la cual y en última instancia implementará políticas públicas para satisfacer dicha demanda. Sin intentar aguar más la fiesta, vamos a decir sólo que esta estrategia si bien existe para la ciudadanía, es ahí donde se queda, el bottom up, pierde el up por el camino.

Y esto es así porque si relacionamos el concepto bottom up con procesos politicos, se puede decir que es ahí cuando pierde su capacidad de diseño social, pues la implementación de las decisiones de una política pública en una localidad son más bien el resultado de una toma de decisiones jerarquizada, dentro de un proceso centralizado en los poderes públicos. Esto se ha visto y se ve, en diferentes ámbitos relacionados con el urbanismo, los equipamientos urbanos, la vivienda, las instalaciones sociales, la movilidad…etcétera. No existen mecanismos reales, factibles y de implementación que permitan fortalecer procesos de diseño social basados en el bottom-up…como tampoco existían (hace ya unos cuantos años) los mecanismos necesarios para llevar a cabo Agendas 21, presupuestos participativos o cualquier otra cosa que mezcle ciudadanía + ciudad + políticas públicas…y es que cuando se trata de equilibrar fuerzas, la balanza ya tiene peso por un lado.

Podemos explicar como se llega a esto, podemos decir que ha sido la propia dinámica que se ha seguido en este país alrededores de las políticas urbanísticas, es decir, los usos del suelo, la planificación urbana local…etc. Estas dinámicas, potenciadas a nivel estatal para que las administraciones locales se hicieran de manera monopolística con lo urbano en las ciudadades, convierten la ya poca capacidad política que tiene el ámbito urbano en lo local, en un negocio. Este negocio sucede cuando se utiliza el territorio como forma de acumulación de capital. Así, las características que promueve una posible política urbana, a saber: mercado de trabajo, planeamiento del espacio, hábitat, vivienda, sustentabilidad del medio ambiente, seguridad, movilidad, economía, cultura, políticas de inclusión social, paisaje…etcétera quedan reducidas a simplemente lo que urbanistas, arquitectos y concejales de urbanismo y/o promotores, deciden unilateralmente; se convierte así la política urbanística en una sencilla transacción financiera rápida y altamente lucrativa. Se pierde toda la capacidad de decidir en base a otras premisas que no esa el valor de cambio del suelo, y además se reducen los actores sociales a tres o dos únicamente…ya me dirán donde entra y si entra, de que forma cabe un proceso bottom-up…oh my good god!(continuará)

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