Participación o cuando la sinceridad es necesaria

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collage de Rodchenko

Desde hace tiempo andamos en monoD dando vueltas a la forma en que se puede poner en valor algo como la participación, ya estuvimos hablando en su momento de que, en la participación, no todo vale, pero ¿cuál puede ser la estrategia mediante la cual el conocimiento relacionado con la participación progrese? Nuestra apuesta por la transdisciplinariedad (ojo que este concepto va entrando en la moda) es clara y toma cuerpo en el MISC, nuestro proyecto editorial colectivo, pero ¿qué debemos pedir a los procesos para que transfieran experiencia? Además de humildad, responsabilidad, coherencia… últimamente estamos viendo la necesidad de que en los procesos haya sinceridad, que se evalúen y muestren sus luces y sombras, en qué acertamos y en qué nos equivocamos, para que, de esta forma, podamos avanzar. Esto ya se ha conseguido en algunas sesiones de #ciudadsocial, no sin dificultades, pero en muchos congresos, jornadas, webs… vemos que se peca de cierto triunfalismo, parece que todo sale siempre bien, que siempre ha sido suficiente, que no hay pegas… y nos parece que eso tiene que ver con un nivel de exigencia más bien bajo en cuanto al proceso, sobre todo si tiene que ver con generación de espacio público.

Estos procesos siempre, o casi siempre, ofrecen una ventaja al posible “comprador”; tienen bajo coste, pero ¿qué quiere decir eso?¿bajo coste en relación a qué? Claro, si comparamos con los honorarios de los que algunos han hecho gala durante la época de bonanza y que ahora se apuntan a la participación esperamos que por principios (también esperaríamos cierta autocrítica, la fe nos puede…), pues claro que esto tiene pinta de urbanismo low-cost, pero lo que nos preocupa es que estos bajos presupuestos (aún altos para los sociólogos) muchas veces precarizan los procesos y el trabajo de los profesionales (en algunos casos disfrazados de pseudo-colectivos que funcionan como empresas), incluso a veces ridiculizan la participación en sí promoviendo actividades más propias de ludotecas infantiles, dicho esto con todo el respeto para las ludotecas, o supliendo la falta de presupuesto con mano de obra “ciudadana”, o lo que es lo mismo, con voluntarismo por parte de quienes puede que no vuelvan a pisar ese espacio público común (valga la redundancia) por tener unas vidas colapsadas por los horarios del trabajar-comer-dormir. Pero hay otra opción, que estos espacios públicos comunes sean única y exclusivamente espacios autoreferenciales de aquellos que los promueven, vida y obra de sus autores disfrazada de procomún, centrada más en el espacio resultante que en el proceso.

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Jane Davees

Pero volvamos a la sinceridad, a la dura y despiadada sinceridad, la que nos grita que ningún proceso sale bien, aceptables como mucho, pues pocas veces podemos afrontar la verdadera necesidad de cambios profundos en la estructura social que permitan que la participación sea parte inseparable de la vida social y no mero artefacto. Teniendo esto como base cada proceso que se llame participativo debería tener una componente crítica fundamental, y más cuando se habla de espacios públicos y de barrios, el pensar si lo verdaderamente participativo es hacer un espacio público en un solar abandonado desde hace años, o si por el contrario, lo verdaderamente participativo, innovador, es, mejorar ese espacio (no vamos a obligar a nadie a vivir en la mierda), pero una vez visibilizado claramente el conflicto que ha llevado a esa situación y nunca supliendo las acciones propias de la auto-organización de un barrio, vamos, que no hagamos cobrando lo que otros hacen como forma de cambiar la realidad que les envuelve.

Y es que cada día más asistimos a una visión de la participación como tirita, dispuesta a resolver los problemas creados en las épocas en las que la participación era cosa de mofa, de cuatro punkis de barrio y abuelas protestonas. Esto hace que la participación sea ahora un nuevo instrumento de segregación ¿tienes un problema?, tranquilo, la participación te lo soluciona, te pone parques, carpas… para que siga pareciendo que no pasa nada y, encima, te pone a buenas con aquellos que te las han hecho pasar canutas, con la intermediación del técnico correspondiente, por supuesto.

Esto es lo que no puede ser, la participación tiene que ser algo sincero, que busque de verdad caminos que lleven a finales diferentes, no algo que nos decore un camino que lleva al mismo sitio de siempre. ¿Es esto fácil? pues claro está que no, supone enfrentarse muchas veces con tu “cliente”, no volver a firmar contratos en algunos sitios y más importante, supone hacer un trabajo previo de conocimiento de la red social implicada (que no hay siempre multitudes dispuestas a participar, eso lo sabéis vosotros y nosotros), un diseño de proceso nada naif y un seguimiento que muchas veces no paga nadie… pero se duerme mejor.

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